En los pasados juegos, fuera de Europa –lo dicen ellos- España
logró pasar de una sensación inicial decepcionante a un final agridulce.
17 medallas, 3 de oro y el puesto
21 entre más de 200 participantes para
un país de 47 millones largos de habitantes y una renta de 31.000 dólares puede
ser razonable siempre dependiendo del prisma con que se mire.
Nuestros representantes paralímpicos,
es significativo, bastante mejor: 42 metales, más del doble, 8 de oro y puesto decimoseptimo.
Si nos comparamos con países del entorno y circunstancias similares
podemos hablar de Italia.
Consiguió 28 medallas, 8 de oro,
siendo el octavo en el ranking. Son 61 millones de habitantes y su renta es de
30.900 dólares.
Aunque para ejemplos significativos por número de
habitantes o grado de desarrollo podríamos mencionar a Nueva Zelanda que con 13
metales, 6 de oro nos supero acabando en
el puesto 15. Los neozelandeses son solamente 4,4 millones y su renta pasa
ligeramente de los 29.000 dólares.
Aun sabiendo que los anfitriones
olímpicos siempre se preparan intensamente para hacer un buen papel, véase
España en el 92, la verdad es que los ingleses rompieron todos los pronósticos:
65 medallas con 29 oros lo que
les permitió alzarse con el tercer puesto. Los ingleses son 63 millones y su renta
es de 36.600 dólares.
¡Que cada uno juzgue!
El deporte, salvo raras
excepciones, no deja de ser un significativo termómetro de la sociedad; nos
marca su desarrollo, educación, estado de bienestar, esfuerzo, unión o trabajo
en equipo, solidaridad, circunstancias de animo etc.
Evidentemente nuestro deporte no
deja de ser un fiel reflejo de lo que durante esta última década nos esta
ocurriendo.
Enfrentados a una crisis sin
precedentes nos encontramos con una clase gobernante que continua sin rumbo,
ajena a una situación que ha provocado,
pero que le cae lejos, vista desde su atalaya
de privilegios y nivel de vida muy superior a la realidad
Vemos como con pasmosa irresponsabilidad esta clase dirigente antepone sus intereses
personales al interés común, incentivando la desunión del territorio las luchas
internas y empobreciendo soberanamente a una España que ha estado entre los
diez países más desarrollados del mundo, algunos afirman que en el octavo
puesto, algo impensable años atrás.
Agobiados por exigencias nacionalistas, que no dejan de
ser proclamadas por una casta minoritaria, han permitido la desvertebración de
servicios básicos como son la educación, sanidad y justicia, además de un
escandaloso descontrol presupuestario de territorios empeñados en gastos
desaforados de su gigantesco aparato
propagandístico imprescindible para alimentar su demagogia.
Una clase dirigente que no quiere enterarse de que las reformas de un
sistema con más de 400.000 políticos, una función publica con alto grado de
ineficiencia o un mundo financiero en quiebra y sospechoso, son imprescindibles
para la salida de una crisis que va más allá de lo económico alcanzando lo social, la ética y los valores.
En Londres el deporte ha sido,
una vez más, fiel reflejo de la realidad.
