Artículo de Diario de Ferrol del miércoles, 30 de enero de 2.019
A raíz del título, alguien podría
pensar que vamos a hablar de esa esplendida
década y principios de los
setenta del pasado siglo. Años de significativo crecimiento económico e
industrial en toda España, y más en Ferrol, donde dos gigantes de la
construcción naval no paraban de lanzar a la Ría grandes petroleros y buques de
todo tipo.
También hubo progreso político
con atrevidos pasos de apertura en los derechos civiles, y una dictadura que tocaba a su fin culminado
con la Constitución del 78, que algún día valoraremos en su justa medida lo que
ha significado para la historia del país. Pero hoy no reflexionaremos sobre esa
etapa creyendo, además, en que al
contrario de lo que se dice: “ningún tiempo pasado fue mejor”
En estas Navidades, como todos
los años desde hace muchos, la cena anual del colegio de la infancia, me
proporcionaba un gran argumento para
venir a Ferrol y disfrutarlo, el día entero, hasta la hora del encuentro.
El paseo recordando los
ultramarinos de siempre, todavía vivos,
como el de Emilio el del “Rápido” o “Mundo”, el ambiente festivo, la dársena de Curuxeiras,
calles como San Francisco o Dolores, emblemáticos edificios hoy restaurados como
el del “Café Cervantes” y entornos
mágicos –acertado adjetivo de Lola Becaría- como la plaza de Amboage o
los Jardines de Herrera, son buenos
momentos para hacer balance de los tiempos mozos.
Ya en la cena, en los preliminares saludos y reconocimientos, no
siempre a primera vista debido al deterioro de los años, hacía discretamente, balance de la mella que el paso del
tiempo va dejando en cada uno y
reconociendo, a un sin quererlo, que la juventud ya queda lejos.
Ojeando el folleto del evento, para algunos no pasó desapercibida la circunstancia de que
esta vez se trataba del 50 aniversario
del colegio. Teniendo en cuenta que habíamos entrado a los 10, pusimos los pies
en la tierra y fuimos conscientes de que
ya estábamos en “los sesenta”
Esta etapa supone un hito en la trayectoria vital de una
persona por múltiples razones; empezando por que un camino pasado con dificultades ya puede suponer factura en
el estado físico y psíquico de cada uno. Recuerdos que nos traen emociones,
días buenos y no tan buenos, personas de honra y no tan honra que afortunadamente,
estas últimas, nuestra compleja mente arrinconó en su momento.
Llegada esta edad uno se da
cuenta sí aprovechó el tiempo y la vida. Es la etapa en que ya no suelen estar
los progenitores, tan criticados en su momento y tan admirados cuando ya se han
ido. Es la etapa en que uno toma conciencia de que se comporta y piensa, en muchas
ocasiones, como el cuestionado mentor y agradece su esfuerzo y sacrificio y
principalmente, si se ha tenido esa suerte, la educación y principios
inculcados.
Es la etapa en que, sí uno ha tenido principios, se da cuenta que en un
país con una endémica precariedad laboral, en la empresa no triunfa el
esfuerzo, la lealtad y la inteligencia y
sí los que no tienen otro merito que
adular al de arriba y vejar al subordinado, los abundantes trepas y mediocres que contribuyen con fuerza
a mantener tal situación.
Es la etapa en que uno se da
cuenta de que el radical, que nunca hizo otra cosa que dedicarse a la política,
se autodenomina demócrata y progresista, despreciando y tachando de
intransigente al que no piensa como él. Es también la etapa en que uno se da
cuenta de que, aun con un gran futuro por delante, empezamos a tener muchos más
recuerdos que fuerzas para emprender y luchar, por lo menos con la intensidad
del tiempo anterior.
Más de un compañero
lamentaba la sutil discriminación profesional que actualmente supone el culto a
la juventud. Escuchando con frecuencia los halagos al “joven y preparado” en
claro desprecio al “maduro y experimentado”.
En alguna ocasión he tenido que
aclarar ante el pavoneo del “joven y preparado” que la juventud es una
circunstancia y no una virtud, lo que no
es motivo de alarde y ojala tenga el joven la suerte de llegar a adulto como
los que hemos llegado.
Afortunadamente, siempre hubo en
la historia grandes cerebros, independientemente de la época y la edad. Como
ejemplo de mis argumentos suelo recordar que Winston Churchill ganó la Segunda Guerra
Mundial a los sesenta y cuatro años y que el fundador del mayor imperio mundial
del textil no estudió.
Afortunadamente –animé- a nuestra
edad todavía estamos a tiempo de fundar un gran imperio y ganar una tercera
guerra mundial, aunque espero que esto último no sea necesario.