«Me elegisteis como capitán de este
barco, y el capitán no se desentiende cuando viene mala mar. Se queda a capear
el temporal, a salvar el rumbo y a ganar el puerto»
Al escuchar esto,
un colega y amigo me comentó: «Sé que ni tú ni yo, en nuestra etapa
profesional, hubiéramos abandonado el barco, pero también sé que si supiéramos
que la tripulación estaba llena de corruptos y contrabandistas no hubiéramos
embarcado, a no ser que fuéramos como ellos»
En estos años, en
la política española asistimos a un esperpento que ni el más lucido Valle-Inclán
hubiera escrito; retrocediendo a la etapa del felón Fernando VII, podríamos ver
algo así. Hoy internet ―con sus ventajas y desventajas― nos introduce en un sistema global en donde toda información
falsa o verdadera se conoce al momento.
Pero, precisamente,
ese flujo masivo de noticias puede hacer que “los árboles no dejen ver el
bosque” puede lograr desviar la atención sobre hechos trascendentales que
intencionadamente se intentan ocultar.
A estas alturas, denunciar
todavía más la situación de corrupción, despilfarro, nepotismo, “cambios de
opinión” (ahora se llama así) acoso del Poder Ejecutivo al Judicial y las fuerzas
de seguridad del Estado, una presión fiscal que abrasa, es necesario pero hay
algo más…
La transición en
España fue el inicio de una prosperidad sorprendente y esperanzadora para la
mayoría. En poco tiempo el país se enriqueció con modernos aeropuertos, una red
ferroviaria admirada en todo el mundo y un amplio desarrollo de autopistas,
autovías y carreteras; herramientas fundamentales para el crecimiento social y
económico.
Ahora la realidad
nos enseña, casi a diario, además de un enorme problema de vivienda, un
deterioro masivo de estas costosas infraestructuras: aeropuertos colapsados,
trenes parados a medio trayecto, apagón general en toda la península y unas
vías de circulación deterioradas hasta grados insospechados. Técnicos de todos
estos servicios no dejan de denunciar que la altísima falta de mantenimiento es
la consecuencia de esta situación. Y también expertos avisan que las
inversiones necesarias de conservación se están desviando a otros capítulos.
Además de hacer
política, en general sucia y descalificatoria, un Gobierno tiene la obligación inexcusable
de gestionar el país; estas maltrechas infraestructuras son el pilar básico, no
solo para los negocios e industria en general, también para mantener una fuente
de ingresos esencial como es el turismo que supone más del 12% del PIB y el
empleo. Para cambiar de rumbo ¿Qué más hace falta?
