Esta Semana Santa la ciudad “lució muy bien” como diría mi amigo Emilio en las tertulias improvisadas de la tienda.
Verano, Navidades y especialmente estos días son de encuentro y de abarrotar las calles, tanto por los que tienen la suerte de vivir aquí como para los que hemos tenido que emigrar.
Si. Porque sí no lo saben Ferrol es una ciudad de emigrantes. Un porcentaje muy elevado de ferrolanos no hemos tenido otro remedio que buscarnos las habas lejos de la Ría.
El Miércoles Santo, como todos los años, me ha tocado organizar el encuentro de nuestra promoción de C.O.U. Somos ya cincuentones y en la mayoría de nosotros no se disimula. Algunos nos conocemos ya desde los cuatro años cuando comenzábamos la escuela de la vida en un colegio de monjas llamado Discípulas de Jesús. Desde aquí hasta el final en el Montefaro que ya no existe.
Lo de emigrar va en serio, aproximadamente de una promoción de setenta y uno, solo diecinueve encontraron continuidad en la ciudad que los vio nacer. El setenta y tres por ciento nos buscamos la vida “fuera de puertas”.
De no haberse dado las especiales circunstancias de nacimiento y desarrollo –ya comentadas en múltiples ocasiones- la ciudad sería algo semejante a Cartagena; su industria estaría más diversificada y sería mayor, al igual que los servicios. El turismo estaría más desarrollado. Su población no bajaría de los doscientos mil habitantes y muchos de los del setenta y tres por ciento estaríamos aquí. Claro esta que para darse esta situación habría que haber contado con una clase política que hubiera pensado más en su tierra -que al fin y al cabo le dio los votos- que en el propio partido y sus conveniencias personales.
Como todos los años, los paseos por el barrio de la Magdalena, con parada en la plaza de Amboage -zona de juegos de la infancia- museos y algún local de siempre fueron ineludibles.
Lugares de toda la vida que como los Cantones todavía a muchos nos pueden descubrir, en uno de sus estanques abandonados, pequeños monumentos como los planos de la ciudad de 1765 representados en piedra por el arsenal rodeado de su foso defensivo, barrio de la Magdalena, Esteiro, Ferrol Vello y las primitivas doce gradas del astillero
No teniendo tiempo para disfrutar de todos los eventos que hay en estas fechas si pude acudir, una vez más, a la Exposición Nacional de la Construcción Naval, por primera vez a la ruta turística bautizada con el mismo nombre y a la fragata F-100 Juan de Borbón, en este caso visita facilitada por uno de nuestros compañeros de la infancia.
No deja de ser significativo que una ciudad sistemáticamente olvidada por las inversiones estatales construye los buques más sofisticados para los países más desarrollados del mundo, lo que implica las mayores operaciones de exportación del país.
Afortunadamente noruegos antes y australianos ahora si reconocen el alto nivel tecnológico que ni ellos son capaces de alcanzar, traduciéndose en más confianza y aumento de trabajos para nuestros astilleros que en principio pensaban asumir por si mismos.
Recorrer sus instalaciones no deja indiferente a nadie y hace recordar que además de su reconocido prestigio son los únicos del estado con resultados positivos en los últimos ejercicios. 32,5 millones de euros en el 2.011.



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