Durante los siglos XVI,
XVII y parte del XVIII la flota de guerra de la corona española invernaba en el
desprotegido puerto de A Coruña.
Esta circunstancia era
bien aprovechada por “los amigos ingleses” que en un abrir y cerrar de ojos,
con vientos a favor y todo el trapo desplegado, se plantaban aquí desde sus no
lejanas bases de Londres, Portsmouth y Plymouth al sur de la isla, arrasaban
todo lo que podían y regresaban tranquilamente de “la cacería” aun con viento en contra, sabiendo que ya no serían
perseguidos por una flota que había quedado fuera de combate.
Esto ocurría con insoportable
regularidad y con cierto éxito, siempre publicitado y algún que otro revés,
siempre ocultado, como el que tuvo Sir Drake a manos de una pescantina llamada
María Pita, que supuso para su graciosa Majestad –la de ellos- además de una dura humillación militar, una importante pérdida de tesorería.
Así las cosas, en la
segunda mitad del siglo XVI el rey Felipe II se fija en la cercana y
naturalmente protegida Ría de Ferrol y
decide comenzar la construcción del castillo que llevará su nombre y que si no cerro
España, sí, al menos la Ría y protegió a
las naves.
Fue el principio de una
nueva etapa que marcaría para siempre el destino, no pensemos si mejor o peor
pero desde luego si distinto, de estas tierras.
Y se preguntarán
ustedes a que viene todo esto y en estos momentos.
En primer lugar puede
ser un buen arranque de una nueva etapa de colaboraciones que me vuelve a
brindar este periódico ya símbolo y testigo de Ferrolterra y sus vicisitudes.
También viene bien para
recordar una reciente visita en la que
tuve la oportunidad de hacer de cicerone y ejercer de ferrolano.
Mi empresa, de capital
francés, me pidió organizar el recibimiento de dos intrépidos marinos de
aquella nacionalidad que eran patrocinados para dar la vuelta al mundo en un
catamarán “de seis metros de eslora”; para más datos sin G.P.S. y con sextante,
es decir como los de antes.
La primera etapa
transcurría desde Les Sables d´Olonne en la costa norte del Cantábrico galo
hasta la Coruña.
La tarea encomendada en
una ciudad como la herculina es bien sencilla; Escuela Técnica Superior de Náutica,
Ayuntamiento, Autoridad Portuaria, Club Náutico están siempre dispuestos a
agasajar a visitantes y vender las excelencias de la urbe.
Enseguida -a uno le
tira su tierra- pensé en una alternativa mucho más acorde con el evento e
incluso más marinera.
En un informe, basado
en las virtudes y olvidando las carencias, ejercicio que aquí nos cuesta
practicar, propuse el desplazamiento a una ciudad cercana llamada Ferrol y
visitar la única Exposición de la construcción naval que hay en Europa.
La “venta” salió bien y
la sugerencia llegó a buen puerto, aunque en este caso fuera Paris.
En fecha prevista
aunque con E.T.A. totalmente desfasada (no
es la banda, viene de las iniciales en inglés:
hora esperada de llegada) los exhaustos marinos dieron señales de vida. Debido
a un error de navegación recalaron en la costa asturiana y costearon hasta la
Torre de Hércules.
Más de cincuenta personas, incluidos los
aventureros, navegamos por el golfo Artabro
-ahora en un buque de pasajeros- adentrándonos
entre castillos, disfrutando en un espléndido e infrecuente día de octubre,
admirando Ría, ciudad, astilleros e instalaciones militares.
La colaboración de la concejala
de turismo del Ayuntamiento, Armada y ni qué decir, del director y personal de
Exponav fue exquisita.
La mayoría de
visitantes franceses, portugueses y españoles “descubrieron” un Ferrol
inesperado y admirable muy lejos de la imagen que se le proyecta, o quizá
habría que matizar que le proyectamos.
En su ánimo cuajó la
idea de volver pensando en el Museo Naval el de Historia Natural o el barrio de
la Magdalena, que también fueron convenientemente vendidos.
Y lo que también no
deja de ser importante, el barco de pasajeros, autobús y catering eran
ferrolanos. El dinero por una vez se quedó aquí.
El buen hacer y trabajo
en equipo de la concejalía de turismo, el resto de las instituciones públicas y
empresas ferrolanas que participaron en el evento, se deben resaltar y no
olvidar.
Los éxitos, por
pequeños que sean, incrementan la autoestima y la motivación para superar momentos convulsos
como los actuales.

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