viernes, 10 de noviembre de 2017




España y las leyendas

El pasado mes de octubre, el día doce, se celebró la Fiesta Nacional de España
El pasado mes de octubre, el día doce, se celebró la Fiesta Nacional de España y también el Día de la Hispanidad, este año  –por fin–  con más “gloria que pena” debido a la mayor unión y orgullo de pertenencia que han  provocado  los lamentables sucesos, políticos y delictivos,  que estamos sufriendo todos nosotros.
Mientras que tenemos bien claro lo que significa la Fiesta Nacional, conviene recordar la definición del Día de la Hispanidad  como un símbolo más de unión del ámbito hispánico, una unión de carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura hispánica; es también el día  de la Lengua Española, reconocido por la Unesco y la ONU.
Respetando, pero no compartiendo, las acostumbradas posturas y declaraciones de los minoritarios grupos secesionistas, antisistema y extrema izquierda -los de siempre- debemos ser conscientes de que vivimos y disfrutamos de un gran país.
Dejando al margen el actual y gravísimo problema del desempleo y la convulsa historia de desencuentros,  traducida en dictaduras y recurrentes  golpes de estado como el que ahora nos ocupa,  hay muchas circunstancias y datos  que certifican la precedente conclusión.
España figura en lo más alto de las listas confeccionadas por estamentos internacionales independientes en cuanto a calidad de vida, medio ambiente, infraestructuras, progreso, nivel de renta, sanidad o -a pesar de algunos-  respeto a la defensa de las libertades, derechos civiles y políticos, así como en garantías de separación de poderes y en consecuencia independencia de la Justicia, esto último corroborado por la Freedom House Organization.
La idea de nuestro progreso nos la puede dar una escueta serie de datos: en 1917, solo un siglo atrás, la población española apenas rebasaba  los veintiún   millones  de habitantes, hoy superamos los cuarenta y seis y medio; la ciudad española más poblada era Barcelona rebasando en poco el medio millón de habitantes, hoy Madrid supera los tres millones. A pesar del tamaño físico, somos el segundo país del mundo con más red de ferrocarriles de alta velocidad y el tercero en autopistas y autovías. Pero quizás lo más significativo es que cien años atrás nuestra esperanza de vida era de “cuarenta y seis años” actualmente es de ochenta y tres, la segunda del mundo y muy por encima de Estados Unidos, que ocupa el puesto treinta y siete a pesar de ser  la primera potencia.
Aprovechando la efemérides al comienzo mencionada, también “los de siempre”, en su estrategia de menospreciar lo nuestro, suelen “cargar las tintas” sobre otra leyenda negra la del genocidio español en la conquista de América: nada más lejos de la realidad, una falsedad más.
Es habitual escuchar que repetir una mentira mil veces acaba convirtiéndola en verdad, artimaña recurrente “de los de siempre”.
Como precedente de apoyo a la ciencia y al emprendimiento, la Reina Isabel La Católica patrocinó la aventura marítima de Colón –negada por otros– que no era otra que buscar una ruta más corta al continente asiático para abaratar el comercio; en el medio del camino encontró América. No había en principio idea de conquista, sí de progreso y comercio.
Se achaca como genocidio que una vez descubierto el Nuevo Mundo se procedió a su conquista; el asunto, malintencionadamente, se saca de contexto.
En 1492 todo imperio existente en el Planeta se dedicaba a conquistar –holandeses, franceses, portugueses, italianos y como no, ingleses– era el comportamiento aceptado y costumbre de la época.
Y cuando decimos todo imperio existente también incluimos a los conquistados. Pizarro, Cortes y demás conquistadores, encontraron pueblos sometidos y esclavizados, como por ejemplo los totonacas y tlaxcaltecas dominados por los aztecas.
Tampoco las civilizaciones descubiertas eran un paraíso de derechos y democracia. Sus pobladores estaban gobernados por férreas monarquías; los conquistadores pretendían sustituir a esos gobernantes, el sistema, ya estaba implantado.
La mortalidad indígena –en gran medida– se debió al contagio de nuevas enfermedades para las que no tenían defensas inmunológicas. La escolarización, urbanismo, agricultura, demuestran el interés de España en el progreso de estas tierras y no solo la explotación de sus riquezas minerales.
La historia hay que entenderla con la razón y no con los sentimientos, en momentos como estos es bueno reconocer nuestros muchos valores, tener orgullo de pertenencia y buscar en la unidad y solidaridad “el progreso de todos y no de unos pocos”.

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