Aun cansados del desencuentro al
que nos han llevado nuestros políticos, es difícil obviar la lamentable
situación en que nos encontramos, que de nuevo aflora con el proceso judicial
de los “progresistas y democráticos” independentistas.
Hartos de escuchar la descarada
manipulación de todo lo que cae a su alcance; hasta la razón de la muerte de
Sócrates, convenientemente aclarada por el conocido columnista Pérez Reverte en
uno de sus artículos.
Hastiados de escuchar que “amo a
España” y que el intento independentista es pacífico. Cansados de ver
acosos a políticos constitucionalistas,
descalificaciones, agresiones y escraches a líderes, periodistas, jueces e
incluso instituciones públicas de rango nacional y europeo, sencillamente por
el hecho de pensar diferente.
Intentan una vez más manipular la
historia con respecto a personajes como Luis Companys o las “pacificas”
acciones de las Juventudes de Esquerra Republicana de Cataluña, fundadas en 1931
por José Dencás y Miquel Badía.
El independentismo, no fue, no es
y jamás será pacifico debido a que no le asiste la razón y una minoría trata de
imponerse a la mayoría.
Siempre se ha dicho que es muy
difícil explicar lo obvio y en estos momentos se demuestra una vez más.
Artículos atrás me comentaban, espero
que con inocente desconocimiento de la realidad, que el derecho a decidir no
puede ser perseguido penalmente; como ejemplos los casos -que en nada tienen
que ver con nuestra situación- de Escocia, Nueva Caledonia y Quebec, Canadá.
Aunque insistan en lo contrario -no
hay peor ciego que el que no quiere ver- en este país, con una democracia modélica
-no vamos de nuevo a mencionar las organizaciones que así lo afirman- todo el
mundo puede opinar libremente. Declararse independentista, como así lo hacen
personajes de todos conocidos, incluso descalificando al resto de los españoles
y difamando al Estado, no implica entrar en prisión. En la cárcel están los que
han pasado de las palabras a los hechos que el Poder Judicial ha considerado posibles
delitos.
El que quiera puede votar por
medios legales la separación de un territorio, para lo cual, primero tendrá que
cambiar la Constitución. Proceso que a los independentistas les queda grande y
se les va de las manos precisamente porque son minorías.
Nueva Caledonia, colonia francesa,
es uno de los diecisiete territorios con derecho a la independencia incluidos
en la lista del Comité Especial de Descolonización de la ONU. Absolutamente
nada que ver con una región de un estado europeo. Este derecho lo ejercen las capas
más pobres de su estatus social; en Cataluña, las demandas tienen su origen en
una oligarquía de nivel económico alto, salpicada de variados casos de
corrupción y prevaricación.
El reino de Escocia fue independiente
hasta su unión en 1.707, con Inglaterra, Gales e Irlanda, el Reino Unido de la
Gran Bretaña. Lógico que tenga todo el derecho a plantear su separación -nada
que ver con nuestra historia- Por cierto, recordemos que Inglaterra invadió
Irlanda. No hace tanto tiempo, su líder Tony Blair, mantenía en el Norte, cuarenta
y cinco mil soldados ¡sí el Ejercito, no la Policía! para controlar su “pacifica
convivencia” democracia donde las haya.
En Canadá, tampoco nada que ver
con nuestra historia, ex colonia francesa e inglesa -el origen del problema-
también cansados de referéndums que no pararían hasta obtener un mínimo
resultado favorable al divorcio, su Corte Suprema estableció la “Ley de Claridad”.
Una ley que establece que no es
suficiente una mayoría para demandar la independencia. Además garantiza el
derecho a que determinadas partes de ese territorio quieran continuar en el
Estado o separarse de los que la han pedido.
¿Respetarían los independentistas que el Valle de Aran y “Tabarnia” quisieran
a su vez separarse o continuar con el resto de España? No es necesario recordar
en donde está la riqueza, desarrollo y mayoría de habitantes de Cataluña.
Vivimos una situación en la que
el veintisiete por ciento de la población, dos millones dando por buenas sus
cifras, pretenden imponerse a los cinco y medio restantes de la región y a los otros
cuarenta y cuatro y medio del resto de ciudadanos del país.
Se puede objetar que en las
elecciones la abstención y los menores no cuentan, cierto, pero se convocan legalmente
para elegir el poder ejecutivo y legislativo durante cuatro años, no para
llevar a cabo una secesión ilegal y rechazada por una inmensa mayoría. Tergiversa,
miente; algo queda.

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