BLICADO EN DIARIO DE FERROL EL 02 DE FEBRERO DE 2.020
En la plaza de Amboage, banco de
costumbre, distinguí al maduro Capitán Américo
-ya bien entrado en sus noventa, como alguna vez comenté- hablaba con
una adolescente, que lo escuchaba con
atención, sin el móvil en la mano, nada fácil hoy en día; al reconocerme fui presentado
a María e invitado a la conversación.
—La vida es como la mar —decía
el viejo marino— a lo largo de tu existencia te dará satisfacciones, venturas,
desventuras y grandes disgustos; te sorprenderá siempre.
Cuando eres joven querrás ser
mayor porque piensas que somos felices, libres, independientes y tenemos un
trabajo digno. Cuando ya lo eres, la
realidad te sorprende y echas de menos la juventud.
El mayor esfuerzo que pueden
hacer por ti tu familia y “cercanos” es facilitarte la mejor formación racional
e independiente, además de orientarte a la lectura, lo qué te hará libre. Contarte sus vivencias, abrirte los ojos, ante
los muchos temporales que vas a capear. Así tendrás la gran ventaja
de poder decidir con el mayor conocimiento posible; al principio con una buena
experiencia transmitida, después, con la tuya propia. —Insistía el experto
sobreviviente.
—¿Pero entonces que voy a hacer? —preguntaba
la adolescente, con verdadera curiosidad.

—Eso dependerá de ti —respondía
el mayor—. Todos podemos aportarte
nuestras ideas, para a la hora de elegir tener el abanico lo más abierto
posible, pero las decisiones son personales; “tienen que ser personales” “son
solo tuyas”.
—Ya pero ahora no hay trabajo en
casi nada, —replicaba la adolescente.
—Siempre hubo dificultades en un
país como este y hemos salido adelante. En las bonanzas económicas teníamos el
doble de desempleo que nuestro entorno, ahora ya ves, por ejemplo, el juvenil
es del 32% frente al 15 de la Zona Euro. No te preocupe el presente cambia la
preocupación por la ocupación, no dejes de buscar, trazar tus planes y luchar. El
mayor escudo del ser humano es su formación y el esfuerzo que ahora algunos se
empeñan en desdeñar.
—Hablas como si estuviéramos en
guerra. —Decía María.
—Es que realmente la vida lo es continuamente;
dependiendo del tiempo, el lugar y las circunstancias nos enfrentaremos a guerras,
ahora diferentes y más sofisticadas.
Las hay clásicas, recuerda el
despotismo de Stalin que afectó a más de 40 millones de rusos o la sangrienta
que provoco un traumatizado, xenófobo y populista como Hitler.
Hoy, además, hay otras guerras. Que
en un país exista hambruna no deja de ser un tipo de guerra, que miles de
emigrantes mueran en su intento de lograr una vida digna es otro tipo más.
Que unas minorías, rompiendo las
normas democráticas, traten de imponerse a unas mayorías o que el país envejezca,
como ahora nos ocurre a nosotros no deja de ser otra forma de confrontación,
que impide el progreso del conjunto.
—Esto último no lo acabo de ver.
—Insistió la preocupada María.
—En un parlamento regional —recordó
el maduro interlocutor— una diputada alude a los descalificativos xenófobos que
el presidente de la comunidad ha vertido sobre el resto de ciudadanos que no
piensan como él o que simplemente no hablan en la lengua que trata de imponer.
Inmediata y reiteradamente es llamada al orden por el responsable de la Cámara
y da la sensación de que la qué difama es la propia interviniente, que se
limita a recordar los desagravios, que hasta están por escrito.
Pocos días después en el Congreso
de los Diputados otra miembro del mismo, descalifica a la Corona, la
Constitución de todos y las Leyes, sin ninguna replica por parte de la
responsable de la Institución. Esto es otro tipo de guerra.
Nuestra política es un cumulo de
despropósitos con un considerable porcentaje de elementos que jamás piensan en
el bien del conjunto de los ciudadanos -máxima fundamental que deberíamos tener
para entrar en ese mundo- centrándose exclusivamente en los intereses de “su
barrio”. Esta egoísta posición alimenta, entre otras desigualdades, el
desempleo. Parece inocente pero no lo es.
El paro produce angustia e
incertidumbre, el ciudadano se retrae a la hora de invertir y adquirir bienes
por lo que la economía se resiente y consecuentemente los puestos de trabajo;
esto provoca que las nuevas familias decidan no tener hijos, y afecta al envejecimiento
de la sociedad. El continuo desasosiego es carne de cañón para el populismo que
los oligarcas alimentan y se encargan de meternos en el cerebro para poder
manipularnos y continuar hacia el camino de “la esclavitud moderna”. Otra forma
de guerra oculta.
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