viernes, 11 de marzo de 2022

NAUFRAGOS

Una vez más la mar nos ha llevado a marinos españoles; los naufragios son cíclicos desde que existen buques y seguiremos sufriéndolos con menor o mayor frecuencia dependiendo del empeño que tengamos en la seguridad; sucede en el transporte aéreo, de carretera o por ferrocarril, con la diferencia de desarrollarse, estos, en un medio mucho menos hostil.

En el invierno de 1.983, zarpábamos de Ámsterdam para cruzar el Atlántico Norte rumbo a Estados Unidos. Por los partes meteorológicos sabíamos que nos esperaba una dura travesía, aunque no con la extrema dureza que se nos vino encima al dejar el Canal de la Mancha: mar montañosa, escala 8 de Douglas, olas de 9 a 14 metros.

Capeamos el temporal -amura a la mar, ajuste de revoluciones de máquina, cierre de puertas estancas y prohibición de salir a cubierta- desviándonos de la derrota, cayendo a rumbo sur en busca de refugio del anticiclón de las Azores. Hartos de bandazos y pantocazos arribábamos a Boston con importante demora, pero afortunadamente sin mayores consecuencias.

Navegábamos en el M/T Sebastiano, (Ex British Unity) petrolero de refinado, 170 metros de eslora (largo) y 24.000 toneladas de peso muerto, cargados de gas oíl.

El día 15 del mes pasado, en similares condiciones de mar y viento, naufragaba el Villa de Pitanxo de 50 metros y 1.120 toneladas -diseñado con márgenes de estabilidad para afrontar temporales extremos- viraba por rampa de popa metros de red con copo lleno, faenando de noche con la tripulación en cubierta.

No quiero con esta lectura buscar responsabilidades -para eso está la Comisión Permanente de Investigación de Accidentes e Incidentes Marítimos (CIAIM)- y sí reflexionar sobre catástrofes endémicas.

El dinero siempre está reñido con la seguridad, sobre todo si no se aplica una normativa estricta e independiente de intereses. Un capitán presionado por “llenar” el buque lo antes posible y ganar el jornal -cada vez menor- tanto el suyo como el del resto de su exhausta tripulación.

Un armador con el agua al cuello: hipoteca naval, combustible por las nubes, repuestos, aparejos, una presión impositiva sangrante para sustentar el abultado aparato político, publico y exagerada burocracia, tasas de puerto, seguro marítimo, víveres, etc.

Límites a faenar en condiciones extremas, descanso adecuado de las tripulaciones, mantenimiento exhaustivo y diseño del buque sin margen de error; unas condiciones económicas e impuestos más acordes con una actividad muy diferente, arriesgada y más dura que cualquier otra, sería una de las fórmulas para evitar el luto actual.

Las palabras no nos devolverán a los marinos; sirvan como homenaje y solidaridad con sus destrozadas familias. Descansen en Paz.






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