Una vez más la mar nos ha llevado a marinos españoles; los naufragios son cíclicos desde que existen buques y seguiremos sufriéndolos con menor o mayor frecuencia dependiendo del empeño que tengamos en la seguridad; sucede en el transporte aéreo, de carretera o por ferrocarril, con la diferencia de desarrollarse, estos, en un medio mucho menos hostil.
En el invierno de 1.983, zarpábamos de Ámsterdam para cruzar el
Atlántico Norte rumbo a Estados Unidos. Por los partes meteorológicos sabíamos
que nos esperaba una dura travesía, aunque no con la extrema dureza que se nos
vino encima al dejar el Canal de la Mancha: mar montañosa, escala 8 de Douglas,
olas de 9 a 14 metros.
Capeamos el temporal -amura a la mar, ajuste de revoluciones
de máquina, cierre de puertas estancas y prohibición de salir a cubierta- desviándonos
de la derrota, cayendo a rumbo sur en busca de refugio del anticiclón de las
Azores. Hartos de bandazos y pantocazos arribábamos a Boston con importante demora,
pero afortunadamente sin mayores consecuencias.
Navegábamos en el M/T Sebastiano, (Ex British Unity) petrolero
de refinado, 170 metros de eslora (largo) y 24.000 toneladas de peso muerto,
cargados de gas oíl.
No quiero con esta lectura buscar responsabilidades -para eso
está la Comisión Permanente de Investigación de Accidentes e Incidentes Marítimos
(CIAIM)- y sí reflexionar sobre catástrofes endémicas.
El dinero siempre está reñido con la seguridad, sobre todo si
no se aplica una normativa estricta e independiente de intereses. Un capitán
presionado por “llenar” el buque lo antes posible y ganar el jornal -cada vez
menor- tanto el suyo como el del resto de su exhausta tripulación.
Un armador con el agua al cuello: hipoteca naval, combustible
por las nubes, repuestos, aparejos, una presión impositiva sangrante para
sustentar el abultado aparato político, publico y exagerada burocracia, tasas
de puerto, seguro marítimo, víveres, etc.
Límites a faenar en condiciones extremas, descanso adecuado
de las tripulaciones, mantenimiento exhaustivo y diseño del buque sin margen de
error; unas condiciones económicas e impuestos más acordes con una actividad
muy diferente, arriesgada y más dura que cualquier otra, sería una de las fórmulas
para evitar el luto actual.
Las palabras no nos devolverán a los marinos; sirvan como
homenaje y solidaridad con sus destrozadas familias. Descansen en Paz.
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