Pasear por La Magdalena nos permite contemplar edificios de galerías, otros por cierto magníficos, del estilo Modernista y algunos ya “no magníficos” del desarrollismo
posterior.
En los primeros, veremos
la planta principal con galerías
laterales y balcón al medio de hierro forjado, el resto de alturas,
hasta cuatro en algunos, son de fachada corrida. Observándolos detenidamente,
nos daremos cuenta de que, en la mayoría de los casos, son añadidos posteriores a la obra original.
El urbanismo de una ciudad suele ser el espejo del alma y de
su historia.
Las calles, plazas, edificios y estructura de Ferrol nos
dicen que fue concebida como una “ciudad practica” sin concesiones a la
monumentalidad y grandes espacios, al contrario de otras como Aranjuez, Madrid
o La Granja pensadas como capitales o residencia de gobiernos y reyes,
independientemente del tamaño.
Dejando a un lado el
primitivo Ferrol Vello y la primera expansión de la ciudad, que en realidad fue
el barrio obrero y Cuadro de Esteiro, La Magdalena
se ideó y construyó con los más avanzados
conceptos de la Ilustración, pero también con significativas mermas del
proyecto original; la inversión estatal se dirigía mayoritariamente a las
instalaciones navales.
Los planos de Francisco
Llobet –uno de los primeros ingenieros que trabajaron el tema- ya contemplaban
la actual “tableta de chocolate” aun de mayores dimensiones, que sufrió cambios
y sobretodo recortes que a
punto estuvieron de “dar al traste” con una de sus dos emblemáticas plazas.
En un principio, en el más puro estilo neoclásico, se proyectan edificios de fachadas uniformes
de un primer piso y tejado abuhardillado con tres ventanas por casa y tres
arcos en sus bajos, pues toda la ciudad, debido al lluvioso clima, estaría
porticada.
La falta de dinero público para la compra de terrenos, dejó la urbanización en manos de la
iniciativa privada y provocó la suspensión de esta norma; eliminando las aceras porticadas y mermando, en la práctica, la anchura de las calles, obligando al peatón a compartir lo que iba a ser la calzada exclusiva para
carruajes de diez “varas”, aproximadamente ocho metros.
La espaciosa franja de terreno entre las instalaciones
navales y la ciudad, -del ancho de tres manzanas- pensada como una separación verde en forma de gran
alameda, se irá reduciendo drásticamente con el paso del tiempo. Tanto por la
construcción del dique de la Campana, como por la paulatina ubicación de edificios
públicos como El Jofre, Correos, la cárcel,
escuela, mercado central y San Julián.
En la segunda mitad del siglo XIX, los planes de modernización de la Armada
llevados a cabo por el Marqués de Molins –de ahí el nombre de los actuales
jardines del Cantón- , generan crecimiento y el lógico incremento de vivienda, cuestión
esta que se resuelve en altura y no en espacio. Una vez más la especulación impide
la expansión horizontal rompiendo la
planificada y básica norma urbanística que dicta la relación entre ancho de calles y altura de edificios.
Es en esta época donde mayoritariamente a los primitivos
edificios de bajo y primera planta le son añadidas más alturas dejándolos como ahora los vemos.
Como se puede deducir a lo largo del tiempo hay un constante “aprovechamiento”
de espacios públicos y privados,
evitando en la practica la urbanización de nuevas zonas, que supondrían una ciudad más habitable y cómoda,
pero también mayor inversión.
A pesar de esta “cultura” y aun sin abandonarla, el
importante crecimiento de la población forzará, durante el siglo pasado la
planificación, como en el resto de España, de los famosos “ensanches”. En esta etapa, arquitectos como
Rey Pedreira podrían haber tenido mucho que decir.
Posteriormente vendrán ampliaciones como Recimil, Caranza, el
nuevo Esteiro o las actuales del Berton,
O Boial y otras que están en espera.
El análisis de estas nuevas actuaciones nos mostrará que la
“cultura” heredada está vigente, que las planificaciones continúan basándose en
la “ciudad practica” y no “monumental” pensando más en la mínima inversión que
en el urbanismo de calidad. Tratamiento que por supuesto no se da a otras
ciudades tanto vecinas como de igual
tamaño. Pero esto ya será cuestión de otro capítulo.
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