Con alguna frecuencia
se suele escuchar que España -o este país para que cada uno elija- es tan
grande, fuerte, extraordinaria o rica, que a pesar de los muchos intentos a lo
largo de la historia y con pena de una parte del mundo anglosajón, no hay forma
de tumbarla.
Lo que sí es un hecho
reconocible es que la Nación, envidia de unos pocos y admiración de muchos, ha
evolucionado tanto que ha logrado una de las sociedades con mayor bienestar
y más liberal del mundo.
Precisamente esta
última circunstancia, la sociedad tolerante, permite que unos pocos con
posiciones personales y viscerales destaquen y abusen de “unos muchos” inmensa mayoría silenciosa de población
paciente dedicada a su trabajo y esfuerzo
contribuyendo al progreso común.
La más profunda y
prolongada -van siete años- crisis económica y también moral, no nos engañemos.
Los intereses personales de una minoría soberanista y sus manipulaciones, los
“muy honorables”, los referendos del “no al petróleo” y el otro, las tarjetas
opacas, el episodio del ébola afortunadamente ya encauzado, el perro Excalibur,
el político que suprimirá el Ministerio de Defensa, el turismo sanitario, la burbuja inmobiliaria,
la bancaria y la próxima que será la del futbol; aun siendo una gran
preocupación tampoco tumbarán esta gran empresa, insisto, llamada España.
También es cierto, que aunque los múltiples problemas no nos
tumben nos complican la existencia y en consecuencia hay que solucionarlos;
unos tienen fecha de caducidad cercana, como los comentados, pero otros, quizás
más importantes, no la tienen tan cerca
y abordarlos puede ser la clave para ver “futuro”.
Después de los cuantiosos rescates, con el dinero de
todos, la continuista y admitida política bancaria difícilmente tiene
explicación. La siempre esperada reforma de la administración, entendiéndola
como una adecuada utilización de sus recursos buscando la eficiencia, continúa
pendiente. La apuesta por el emprendedor y el I + D + i es testimonial.
Llevando ya años con la reforma laboral, que
también nos cuesta a todos, habría que preguntarse para cuando la reforma de la patronal. La pérdida de competitividad y
fracaso empresarial tienen mucho más que ver con una gestión deficiente y poco
con el trabajo de profesionales que obligados por las circunstancias triunfan
en la emigración.
Tampoco olvidemos otra
burbuja: la política.
Por el mundo adelante
no deja de sorprender el enorme contraste que supone una sociedad con el mayor
desempleo y emigración de talento de los países desarrollados, conviviendo con las
mejores infraestructuras, sistema sanitario ejemplo de muchos, calidad de vida
en general envidiable o grandes empresas multinacionales que triunfan en todo
el planeta, gestionando concesiones estatales, construyendo infraestructuras
del mañana o vistiendo a medio mundo.
Aquí también nos
deberían de sorprender otras cifras que dan vértigo. Los españoles, con
nuestros impuestos mantenemos más de 445.000 políticos, más de 5.000 empresas públicas
y 8.120 ayuntamientos.
Alemania, país federal,
necesita 150.00 políticos para administrar una población de cerca de 82
millones de personas, nosotros somos 47.
A pesar de los sacrificios
en carga fiscal, pensiones, salario mínimo (el nuestro, 785 € es el 63% de la media de la UE
de los quince, en Irlanda es de 1.653 €), el déficit y la deuda pública son
escalofriantes. Es decir, para entendernos, el aparato del Estado incluyendo
todas las administraciones, debe prácticamente tanto como la riqueza de todo el
país y además continua gastando más que lo que ingresa, lo que no es de extrañar
teniendo en cuenta el “personal en nómina” a mantener.
El actual sistema público
estatal, autonómico, provincial y local, ha servido en su momento, pero es
ahora de plantear cambios, no es cuestión de rebajar libertades y si de
gestionar bien.
El conjunto de la
sociedad debe ser consciente de que mientras no abordemos estos problemas, el drama de la falta de oportunidades, la pérdida
de calidad de vida, la cada vez mayor desigualdad social, no acabarán.
“Pinchar la burbuja” es
el principio de la solución para una
situación que atenta directamente contra la dignidad personal de casi cinco
millones de personas -1/4 de la población activa-. Mientras no atajemos esta
escandalosa y vergonzosa cifra viviremos en continua angustia debido al “dichoso 25 por
ciento”.
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