Uno de los preceptos aceptados
por abrumadora mayoría entre los humanos, es aquel que determina que la
Democracia es el sistema menos malo para establecer normas de convivencia,
velar por su cumplimiento y en consecuencia gobernar una sociedad.
También otro concepto no
discutible es que todo estado democrático tiene que tener como norma básica el
respeto a la independencia de los tres poderes, el Legislativo para “fabricar”
leyes, el Ejecutivo para ponerlas en práctica y el Judicial para hacerlas
cumplir.
Intrínsicamente estos conceptos
sencillos y que todos aceptamos, al observar el comportamiento de unos cuantos,
nos dan una clara prueba de quien es quien en el ámbito político.
En el panorama nacional,
personajes que se declaran abiertamente
progresistas, democráticos, cultos, “doctorados” y defensores de los derechos
de los ciudadanos, con sus actuaciones y manifestaciones quedan claramente en
evidencia.
Declaraciones como “si no votaran
los mayores de cuarenta y cinco años ganaríamos” o “el derecho a voto debería
reservarse para aquellos que den un mínimo nivel cultural”. “Nuestra raza es
superior, nosotros trabajamos más y somos más inteligentes, el ser bilingües es
clara prueba”, “los que no son de nuestra estirpe que se vayan”, “en nuestro
futuro “paraíso” el poder judicial dependerá del ejecutivo”; son comentarios
que estamos cansados de escuchar y que nos hacen ver la cruda realidad de los
“lideres” y parte de esa sociedad que los apoya con sus votos.
El ciudadano en general se
decanta por dos claras tendencias; la liberal que defiende el libre mercado es
poco proclive a la intervención y regulación del Estado, defiende una baja fiscalidad y el máximo
respeto a la propiedad privada.
La socialdemocracia, por lo
contrario, fomenta un claro intervencionismo del Estado, con gran carga
impositiva y amplios derechos para el ciudadano, lo que lógicamente dispara el
gasto público y retrae el consumo.
Las consecuencias prácticas, en
líneas generales, son que la primera teoría incentiva y premia el esfuerzo
individual, el consumo y en consecuencia la producción provocando el efecto llamada de las personas que buscan una
oportunidad, un mundo mejor, es decir la inmigración.
También en estas sociedades se
fomentan el emprendimiento, innovación y en ellas se dan los mayores avances
técnicos y científicos que contribuyen al progreso y bienestar de todos los humanos.
Se impide el ejercicio arbitrario del poder y en consecuencia se garantiza la
seguridad jurídica.
La segunda teoría convierte al
Estado en “el padre de todos” por lo que la masiva recaudación de impuestos es
imprescindible para sostener un gasto publico que nos de sanidad universal,
educación y en general un bienestar y derechos por el hecho de haber nacido.
La intervención del Estado en la
economía es norma y tarde o temprano alguien tiene que pagar la factura del
gasto y generalmente no lo hacen las grandes multinacionales o la gran banca
que disponen de mecanismos para evitarlo.
Dependiendo de qué países y su
respectiva estructura social puede funcionar uno u otro sistema; en los países nórdicos, prácticamente los
creadores de la Socialdemocracia como ahora la entendemos, funciona esta
tendencia pero no olvidemos que tienen grandes diferencias de mentalidad y
comportamiento en comparación con otras naciones como podría ser la nuestra.
En una sociedad donde se practica
la guerra continua entre sus propios ciudadanos, la solidaridad, la empatía y
el respeto al derecho a discrepar brillan por su ausencia.
Recordemos las palabras del Rey Amadeo de Saboya, sustituto de Isabel II como
consecuencia del golpe de estado del
catalán Prim, al decidir dejar España: “Si fueran extranjeros los enemigos;
pero todos los que, con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y
perpetúan los males de la Nación son españoles”.
O episodios lamentables más
recientes, como en 1.912, cuando el escritor Benito Pérez Galdós se quedo a las
puertas del Novel, gracias a las presiones a la Academia sueca de los propios
políticos españoles contrarios a sus ideas.
En un país donde se cuestiona, sistemáticamente
por los propios dirigentes de las regiones más prosperas, un principio
fundamental como es el reparto de la riqueza y la vertebración del territorio,
los platos rotos, los errores de gestión y el despilfarro de unos pocos siempre
lo suelen pagar los mismos, las capas más débiles de la sociedad: zonas en
declive industrial, autónomos y asalariados de bajos ingresos.
Artículo publicado en Diario de Ferrol el 27 de octubre de 2.018
No hay comentarios:
Publicar un comentario